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Prostitutas infantiles putas forzadas

A diferencia de Karina, Madaí no llora cuando cuenta su historia, aunque su voz tiembla en algunos episodios.

Su dolor asoma en la minuciosidad con que relata esa porción de su existencia: Desde cómo estaba vestido "Jorge" el hombre que la enamoró y luego la prostituyó , cuando lo conoció en Veracruz, hasta las prendas que ella portaba el día que decidió escapar.

Es una historia conocida: Es la historia de Madaí. Jorge -años después descubriría que no es su verdadero nombre- la convenció de irse a vivir a Ciudad de México.

Dos días después, caminando por las calles aledañas, le mostró a unas jóvenes que esperaban en la banqueta. Él me las señala y dice: Madaí creyó que era una broma. Pero esa noche se lo repitió: Me respondió 'no, eso es lo que vas a hacer'. Me dijo que para eso me había traído, que si pensaba que era para algo distinto estaba equivocada".

Me dijo que me callara, que ahí mandaba él. Que iba a investigar dónde estaba mi familia y con eso me amenazó. Adentro había faldas supercorticas, blusas muy escotadas y zapatillas con tacones muy altos". No me había dejado hablar con nadie, no conocía a nadie. Yo era una persona muy inocente". Dos hombres de traje oscuro y con audífonos en las orejas nos obligan a extender los brazos y nos cachean con mano experta. Otro nos franquea la entrada. La rutina es igual para todas las chicas, de nombres sonoros y evidentemente falsos.

Las protestas de los maestros, que bloquean el centro de la ciudad, han hecho que la semana sea mala. Esto nos lo cuenta una joven caribeña que se sienta en nuestra mesa. Poco después se nos une una mexicana, de unos 30 años y hermoso rostro. Nos sirven ron rebajado con agua. Por cada trago que compramos, una boletera les da un papelito. Les pagan de acuerdo con nuestro consumo. En un rincón se aburre una docena de mujeres, todas con trajes diminutos, mallas y grandes tacones. Los vigilantes pululan por doquier.

Las mujeres en nuestra mesa parecen hablar de manera desprevenida. La caribeña me dice que lleva cuatro años en México y que parte de su familia vive en el país. De manera discreta trato de preguntarle por su vida, su oficio. La muchacha caribeña me ofrece un "baile privado" en un reservado del que ya he visto entrar y salir a varias parejas.

El método para enganchar a Karina también fue el enamoramiento. Le ayudó a pagar la quimioterapia. Luego la convenció de irse para el DF, con sus padres.

Sin embargo, a las dos semanas ve cómo golpea a sus propios padres. Luego empieza a golpearla a ella, todavía en embarazo. Cuando quiero tomar mis documentos, los destruye". Se dio a conocer en con "Los demonios del Edén", un libro donde denunció, con nombres propios, una red de pornografía infantil y pederastia en México.

El reportaje le brindó fama, pero también acoso y amenazas, algo que no cesa hasta el día de hoy. Para su libro "Esclavas del poder", Cacho viajó por todo el mundo siguiendo las rutas de la trata sexual. Turquía, Israel y Palestina, Japón, Camboya, Birmania y Argentina fueron puertos de visita -en ocasiones de incógnito- para trazar ese mapa de infamia.

He estado investigando a dos o tres de ellos que operan abiertamente, dedicados eminentemente a la trata de mujeres de Europa del Este a Quintana Roo". La frontera con Estados Unidos también puede calificarse como porosa.

Los métodos preferidos para ingresar a las jóvenes es hacerlo de manera ilegal -como "espaldas mojadas"- o casarlas con alguien que tenga green card y pasarlas legítimamente. Saqué el pequeño sobre de papel de aluminio de mis jeans que estaban colocados a los pies de mi cama. Hacía todo eso maquinalmente así como otros encendían el primer cigarrillo del día. De repente me quedé dormida y no llegué y no llegué hasta la segunda o tercera hora de clases.

Siempre llegaba retrasada cuando me inyectaba en casa. En esas oportunidades me veía obligada a zumbarme la heroína en un W. Eran particularmente sombríos y hediondos. Para colmo, los muros estaban llenos de hoyos y siempre habían sido tipos espiando, mirando a las chicas hacer pis. Siempre tuve miedo de que uno de ellos fuese a buscar un guardia para que vieran que solamente me iba a inyectar.

Llevaba casi todos mis utensilios a clases. Si nos retenían por alguna razón, por alguna actividad extra-escolar, por ejemplo, y no alcanzaba a regresar a la casa, tenía que inyectarme sobre la marcha. Entonces mi amiga Renée me sostenía la puerta. Ella estaba al corriente. Como la mayoría de mis compañeras de clases, creo.

Pero a éstas les daba lo mismo. Un toxicómano ya no causaba conmoción en Gropius. Me la pasé dormitando en todos los cursos que había tomado.

A veces dormía de frentón, con los ojos cerrados y la cabeza encima del escritorio. Cuando la dosis de la mañana resultaba ser muy fuerte, era incapaz de hablar. Los profesores debieron investigar lo que me estaba ocurriendo.

Otros se conformaban con tratarme de tarada y me endosaban una sarta de ceros. De todos modos, había tal cantidad de profesores que la mayoría de ellos se daban por satisfechos cuando retenían nuestros nombres.

Dejaron de interesarse por los deberes que yo debía realizar. En definitiva, dejé de hacerlos. Después que anunciaban el título, yo escribía: Y se los entregaba. Durante el resto de la clase me ponía a garabatear cualquier cosa. La mayoría de los profesores estaban tan poco interesados en los cursos como yo. Eso pensaba, que ellos estaban atorados.. Después de aquel famoso domingo en la noche cuando pasé la prueba de fuego, después de un cierto tiempo, todo parecía funcionar como antes.

Todos los días me encargaba de hacerle un discurso a Detlev para explicarle que lo que gané con la colecta no era nada, y que no podía sobrellevar sólo nuestras necesidades. Detlev reaccionaba con verdaderos ataques de celos. Había adquirido cierta experiencia con los clientes y sabía que en medio de toda esa maraña de la estación Zoo había bisexuales. Y también había maricas que estaban dispuestos a hacerlo por primera vez con una mujer.

Detlev quedó en escogerme a los clientes. Tenías que ser tipos que no deseaban tener relaciones sexuales y que no me tocarían. Tipos que me pidieran que les hiciera cosas.

Nosotros le pusimos ese sobrenombre. Era un cliente habitual de Detlev y yo lo conocía bastante. Me dije a mí misma que con golpearlo me desquitaría: Por su parte, Maxie- Max estaba encantada con la idea de que iba a estar con ellos.

Por el doble de la tarifa, naturalmente. Nos citamos para el lunes siguiente a las tres de la tarde, en la estación Zoo. Yo estaba retrasada para variar. Max ya estaba allí. Como todos los adictos, era incapaz de llegar a la hora. Max y yo lo esperamos durante media hora. Ni rastros de Detlev. Yo estaba hecha un manojo de nervios. No cesaba de explicarme que hacía por lo menos diez años que no estaba con una mujer.

Y vacilaba antes de pronunciar cada palabra. Siempre había tartamudeado pero ese día estaba inentendible. Todo aquello me resultaba insoportable. Tenía que encontrar una salida. Por otra parte, lo sentía angustiado y me empecé a envalentonar. Terminé por decirle en forma muy audaz: Detlev nos tendió una trampa. Pero mantendremos el precio fijado: Balbuceó un ''si'' y giró sobre sus talones.

Daba la impresión de que no tenía una pizca de voluntad. Lo cogí del brazo y lo conduje hacia nuestro destino. Detlev me había contado la triste historia de Maxie-Max. Era obrero especializado, tenía alrededor de cuarenta años, y era oriundo de Hamburgo. Su madre había sido prostituta. De niño fue brutalmente golpeado. Por su madre y por sus amigos, y también en las instituciones donde lo colocaban. Lo habían golpeado tanto por dentro y por fuera que nuca pudo hablar correctamente.

Para colmo, necesitaba una paliza para alcanzar la plenitud sexual. Nos fuimos a su casa. Le reclamé de inmediato la paga aunque el era un cliente habitual y no era necesario tomar tantas precauciones: Me entregó ciento cincuenta marcos y yo estaba muy orgullosa de haber logrado sacado toda esa plata de manera tan simple. Tenía la impresión de no ser yo misma. Al comienzo, no lo golpeé muy fuerte.

Pero el me suplico que le hiciera daño. Era repugnante y eso duró casi una hora. Cuando por fin se acabó, me puse la polera y me escapé corriendo. Bajé las escaleras con gran velocidad. Después, le puse punto final a ese asunto.

Sabía que estaba metida en la mierda y que sólo contaba conmigo misma. Me dirigí a la estación del Zoo. No le conté gran cosa. Sólo que estaba cansada porque había hecho toda la pega de Maxi-Max. Le mostré los ciento cuarenta marcos. El sacó otro billete de cien marcos del bolsillo de su jeans. Nos fuimos tomados del brazo a comprar un montón de heroína de calidad extra.

Habíamos tenido una jornada sensacional. De allí en adelante comencé a adquirir droga por mi cuenta. Tuve muchísimo éxito, podía elegir a mis clientes y dictar mis condiciones.

Para todas las chicas de la estación del metro Zoo, aquellos eran los peores: Aquello lo hacía solamente con Detlev. Yo trabajaba con la mano y por consiguiente utilizaba el estilo ''a la francesa''. Para mí no era tan terrible cuando era yo la que tenía que hacerle alguna ''gracia'' a los tipos, pero no ellos a mí. No quería, sobretodo, que me tocaran. Siempre traté de discutir las condiciones con anticipación. Tampoco hacía tratos con tipos que me disgustaban realmente.

Encontrar un cliente adecuado, que aceptara todas mis exigencias me tomaba con frecuencia toda la tarde. Pocas veces tuvimos la oportunidad de ser tan prósperos como el día que fui a la casa de Maxi-Max. Ibamos a su casa tanto juntos como separados. En el fondo, era un buen hombre que nos quería sinceramente a ambos.

Pero se las arreglaba siempre para darnos cuarenta marcos, el valor de una dosis. En una ocasión le faltaba dinero para pagarme y rompió su alcancía en mi presencia pata juntar el resto que necesitaba. Cuando estaba urgida, hacía un alto en su casa, le pedía un adelanto de veinte marcos. Cuando los tenía, me lo daba.

Maxi-Max siempre preparaba algo especial para nosotros. Para mí, jugo de duraznos, mi bebida preferida Para Detlev, pudding de sémola- a él le fascinaba eso. Max los preparaba el mismo y los guardaba en el refrigerador. Como sabía que a mí me gustaba comer algo después de mi trabajo, solía comprar un surtido de yogures Canon y chocolates.

La flagelación pasó a convertirse en un asunto de pura rutina. Una vez resuelta aquella formalidad, comía, bebía y conversaba con nosotros. Estaba tan acostumbrado a nosotros, estaba tan contento con nosotros, que casi ya no tartamudeaba cuando estaba junto a Detlev y a mí.

Lo primero que hacía al levantarse era comprar los diarios para saber si la lista de fallecidos por sobredosis había aumentado. Había leído que un cierto Detlev W. Casi lloró de alegría cuando le dije que hacía poco rato que había dejado a mi Detlev, y que estaba vivo y coleando. Entonces me repitió por centésima vez que debíamos abandonar la heroína, que nos iba a terminar matando, que algo grave nos podría suceder a nosotros también.

Nuestras relaciones con Maxi-Max eran bastante peculiares. Se hacía pedazos por Detlev y por mí pero en aquel entonces no nos habíamos dado cuenta. En los meses siguientes fuimos la ruina de varios otros clientes. Nos dejaba su cama y dormía en el piso. De repente, se tropezó y cayó. Llamamos a un médico.

Max tenía conmoción cerebral. Debía permanecer dos semanas en cama. Al poco tiempo, perdió su trabajo. Nunca se había drogado, sólo había probado la droga y sin embargo, allí se encontraba totalmente destruido. Destruido por los drogadictos.

Nos suplicó que fuéramos a verlo, sólo a visitarlo. Pero el no podía pedirle ese a un adicto, la gentileza no es el fuerte de los toxicómanos. De partida, no hacen nada en beneficio de su prójimo. Detlev le explicó todo eso a Maxi-Max, quién en el ínter tanto nos juró dar un montón de plata. Debe velar para que cada día sus cuentas funcionen en forma armónica. No se pueden dar créditos bajo el pretexto de simpatía o amistad. Al poco tiempo que debuté como prostituta pude gozar de la alegría que provocan los reencuentros.

Un día, mientras escuchaba a un cliente, vi a Babsi. Babsi, la fugitiva, la que después de pegarse una aspirada de heroína, había tenido que regresar a la casa de sus abuelos. Era tan increíblemente bueno volver a verse. Me di cuenta de inmediato que estaba atiborrada de heroína. Sus pupilas estaban del tamaño de una cabeza de alfiler.

Pero estoy segura que cualquiera que no la conocía no habría soñado ni por un instante que aquella adorable muchacha era toxicómana. Babsi estaba muy calmada. Me explicó que no tenía necesidad de prostituirse. Después subimos a la terraza. Sin embargo, Babsi no me dijo cómo había obtenido todo ese dinero de la droga. Tenía que regresar entre las siete y las ocho de la noche y ni hablar de arrancarse de clases.

Su abuela la vigilaba permanentemente. No me pude aguantar la curiosidad y le pregunté por el dinero y por la droga. Me voy a su casa en taxi. No me paga con dinero, solamente con heroína.

Lo visitan otras niñas y también les cancela directamente con droga. Voy a su casa por una hora. No nos acostamos, evidentemente. Eso no se transa. Me pide que me desvista, charlamos, de vez en cuando me toma unas fotos o me pide que le haga unos masajes''. El tipo se llamaba Henri. Había escuchado hablar de él.

Babsi lo tenía todo. Tenía un montón de inyecciones, también. La mía estaba tan desgastada que me veía obligada a afilarla sobre el frotador de una caja de fósforos en cada pinchazo.

Babsi me prometió conseguirme tres repuestos completos. Algunos días después me encontré con Stella en el metro Zoo. Stella era la amiga de Babsi, Grandes abrazos. Por cierto, Stella también se drogaba. Ella no tuvo tanta suerte como Babsi. Su padre había muerto en un incendio hace tres años, su madre se había instalado en un bar con un amigo italiano y se había alcoholizado.

Stella siempre robaba dinero de la caja pero en una ocasión se le ocurrió robarle cincuenta marcos de la billetera al amigo de su madre y él se dio cuenta. Desde entonces, no se atrevió a regresar a su casa. Nos pusimos a conversar acerca de los clientes.

Stella me relató una negra historia de Babsi, su mejor amiga. Dijo que representaba la decadencia total. Ese Henri era un tipo sucio, un viejo bonachón gordo y sudoroso. Y Babsi se acostaba con él. Incluso no importaría partir con un extranjero… una manoseada de esas… OK En aquel momento me sentí consternada, no podía comprender porque Stella me estaba contando todo eso. Babsi me relató posteriormente que Henri había sido cliente exclusivo.

Por eso ella conocía tan bien sus exigencias. Después pasaría yo por la misma experiencia. Yo no permitiría verme continuamente asediada por esos sucios extranjeros. Stella trabajaba con los automovilistas, se prostituía al estilo de las toxicómanas de trece y catorce años que circulaban por la Kurfurstenstrasse.

Yo consideraba todo aquello espantoso: Le dije a Stella: Hay niñas que se prostituyen por veinte marcos. Dos clientes para una dosis. Pero si estuvimos de acuerdo en un punto: Babsi era realmente lo que botó la ola si se acostaba con ese asqueroso.

Aquella discusión acerca de nuestra dignidad de putas la mantuvimos Babsi, Stella y yo a diario durante varios meses. Indudablemente, lo ideal no era estar obligada a prostituirse. Cuando nos volvimos a encontrar con Stella nos persuadimos de que era posible: Stella tenía experiencia al respecto. Ella tuvo una idea genial. Nos enfilamos de inmediato a realizar la experiencia en una gran tienda, la Kadawe.

Las clientas se encerraban en las cabinas privadas de los baños. Generalmente sus carteras colgaban de la empuñadura de las puertas. Cuando terminaban, tardaban en abrocharse sus corsés, y por lo general, las carteras se resbalaban cuando trataban de abrir el picaporte.

Había que aprovechar el momento para apoderarse de ellas. Stella y yo nos apostamos en los baños para damas de Kadewe. Pero cada vez que Stella anunciaba: Ella no podía trabajar sola y en consecuencia, hacían falta cuatro manos para arrasar con todas las carteras con la debida rapidez.

El resultado nos hizo desistir de la operación ''Toilettes'' para damas. Después de ese lamentable episodio, Stella y yo decidimos dedicarnos a la prostitución juntas. En la estación Zoo se daban todas las condiciones. Teníamos un montón de ventajas. Por otra parte, encontrar clientes que aceptaban pagarles a dos chicas no era nada corriente. Había algunos que se atemorizaban: Como Henri le costeaba sus gastos, ella trabajaba para nosotras.

Un día ganó doscientos marcos en una hora y trabajó con cinco clientes. Axel y Bernd aceptaron de inmediato a Babsi y a Stella en el grupo. Ahora éramos tres chicas y tres muchachos. Cuando salíamos a pasear siempre íbamos tomadas del brazo de los varones, y yo, del brazo de Detlev por supuesto. Pero no pasaba nada entre las dos parejas. Eramos simplemente una pandilla espectacular. No estoy segura si existían amistadas tan hermosas como las que manteníamos con los muchachos de nuestra pandilla entre los jóvenes que no se drogaban.

La llegada de las otras niñas me creó problemas en mis relaciones con Detlev. Yo pasaba gran parte del tiempo con Stella y Babsi y eso no le agradaba. Lo hacía por mí misma, o con Babsi y Stella.

Detlev me acusó de acostarme con mis clientes. Mis relaciones con Detlev no eran ya el centro del universo. Lo amaba y lo amaría siempre, pero había dejado de depender de él. No tenía necesidad de que se preocupara en forma permanente de mí, ni tampoco que me aprovisionara de droga. En el fondo, pasamos a convertirnos en una de esas parejas modernas como aquellas en las que sueñan los jóvenes: Al final de cuentas, nuestra amistad era una amistad entre toxicómanos.

La heroína, la agitación con la que vivimos, la lucha diaria por el dinero y la heroína, el stress de nuestros hogares- había que ocultarse siempre, inventar nuevas mentiras, a nuestros padres, meter nuestros nervios en el refrigerador, en ocasiones.

En fin, llegamos a acumular tanta agresividad que llegamos a un punto en el que no nos podíamos dominar, ni tampoco entre nosotros. Con la que mejor me entendía era con Babsi: También nos poníamos portaligas negras con sus respectivas ligas. Eso enloquecía a todos los clientes, esas ligas y portaligas negras en nuestras figuras adolescentes.

Poco antes de la Navidad del año , mi padre se fue de vacaciones y mi hermana se iba a quedar completamente sola. Me permitió ir a dormir a su departamento junto con Babsi. Empezamos a tener líos a partir de la primera noche. A la mañana siguiente, Babsi y yo éramos nuevamente las mejores amigas del mundo. Babsi y yo decidimos no inyectarnos de inmediato, por el contrario, había que esperar el mayor tiempo posible.

Una experiencia que se practicaba de vez en cuando pasaba a convertirse en un verdadero deporte. Como dos mocosas que saborean el placer previo a la entrega de regalos navideños.

Juró guardar solemnemente el secreto. A la mañana siguiente, Babsi fue a buscar un asunto para combinar el queso fresco. Para la ocasión escogió un embutido de fresas que la chiflaba. Vivía casi exclusivamente de queso fresco. Mi alimentación tampoco era muy variada: Babsi preparó entonces su mezcolanza. Parecía la celebración de un rito religioso: Después que Babsi y yo nos hubiésemos inyectado previamente, por supuesto.

Babsi terminó de batir el queso fresco el que se terminó convirtiendo en una apetitosa masa cremosa. Pero nosotros no podíamos esperar. Le dijimos a mi hermana que pusiera la mesa particularmente bonita y nosotros corrimos a encerrarnos en el baño. La crisis de absteninencia ya se había apoderado de nosotras. Nos quedaba sólo una jeringa utilizable y yo declaré que me inyectaría en primer lugar.

Babsi se puso furiosa: Hoy seré yo la que comience. Aquello me sacó de quicio. Toda la vida te demoras una eternidad''. A esta buena mujercita le tomaba casi media hora inyectarse. Le costaba encontrar su vena. Y si no despegaba con el primer pinchazo, perdía los estribos, largaba la aguja por cualquier parte y se enervaba terriblemente.

Era todo una hazaña cuando lograba acertar a la primera. En esa época yo no tenía problemas de esa índole. O bien era Detlev el que me inyectaba- un privilegio que estaba reservado sólo para él- o bien yo ponía la aguja en el mismo sitio, en la cicatriz de mi brazo izquierdo.

Eso funcionó durante un tiempo justo hasta que me agarré una hemorragia y mi piel se puso como cartón. Entonces yo también comencé a tener dificultades para inyectarme. De todos modos, esa mañana gané el combate.

Fue un pinchazo terrible: Sentí calor, mucho calor. Babsi se sentó en el bode de la bañera, hundió la jeringa en su brazo y así comenzó su show. Se puso a aullar: Yo ya estaba bajo el efecto de la droga y me sentía bien. Me importó un pito lo que le sucedía a esa mocosa. Babsi salpicó sangre por todas partes y no lograba encontrar su vena. Pero como Babsi no la cortaba nunca con su cuento, tuve miedo que mi hermana se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo y terminé por seguirle la corriente.

Babsi por fin logró asestar el golpe. Se calmó de inmediato, limpió cuidadosamente la jeringa, secó las gotas de sangre sobre la bañera y el piso.

Regresamos a la cocina y yo me aprestaba a paladear la crema de queso fresco. Pero Babsi cogió la fuente, la rodeó con su brazo y se puso a darle el bajo. Lo hizo visiblemente forzada pero se comió la fuente entera. Se tomó justo el tiempo para decirme: Ambas nos habíamos hecho el propósito de pasarlo muy bien durante algunos días en el departamento de mi padre.

Y, sin embargo, a partir de la primera mañana, ya se había armado la trifulca del siglo. Pero los que somos toxicómanos sabemos que a la larga, las cosas entre nosotros terminan así. Lo mismo sucedió con nuestra pandilla. Y Detlev 54 para 1. La mayor tiempo yo terminaba estallando a sollozos.

Detlev estaba totalmente liquidado y nos poníamos a llorar juntos. Cuando uno de los dos estaba en crisis de abstinencia, uno no tenía inconveniente en reventar al otro. Eso no variaba mucho. Lo que ocurría era que veíamos sucesivamente nuestra imagen decadente el uno en el otro, como en un espejo. Era terrible cuando uno se encontraba a si misma fea o viceversa y recurría al otro para que le dijese que no era para tanto…. Esa agresividad también se descargaba sobre personas desconocidas.

El sólo mirar a algunas señoras en el andén del metro cargando sus bolsas con provisiones me sacaba de quicio. Entonces entraba con una boquilla y un cigarrillo encendido dentro de un vagón para no fumadores.

Aquello provocaba un tremendo revuelco en el vagón. En otras ocasiones, sacudía brutalmente a las abuelas. La forma en la que me comportaba me exasperaba a mí misma también cuando Babsi y Stella cometían la misma maldad. Pero ya no podría reprimirme. Me importaba un bledo lo que las otras personas podían pensar de mí. Cuando comencé a tener aquellas picazones atroces también con el roce de las ropas de vestir, bajo los ojos, etc.

Entre los adictos ocurre que llega un momento en el que nada cobra importancia. Cuando se llega a ese estado, tampoco importa mucho pertenecer a una pandilla. Conocía algunos de aquellos ''viejos toxicómanos'': Sentíamos una serie de sentimientos encontrados hacia ellos.

Estos individualistas sin par nos impresionaban, les atribuíamos una fuerte personalidad. Pero sobretodos, a nosotros los jóvenes, nos inspiraban un miedo espantoso. Estos tipos no tenían ya la menor pizca de moral, ni piedad alguna por sus semejantes. Cuando estaban en estado de abstinencia eran capaces de matar a golpes a alguien para quitarles su ración de droga.

El peor de todos se llamaba Mana, el Ratero. Todo el mundo le decía así y honraba su sobrenombre. Cuando atrapaba a un revendedor lo cogía, le quitaba la droga, y se mandaba a cambiar. Nadie se atrevía a auto defenderse.

Una vez lo vi. Yo venía de haberme encerrado en el WC para inyectarme, y de golpe vi que un tipo hacía saltar un tabique desde abajo y se me echó encima, literalmente. Era Manu, el Ratero. Me habían contado que esa era su mejor movida. Se apostaba en las toilettes para damas, esperaba que viniera una chica a inyectarse.

Como supe que no dudaría en golpearme, le di de inmediato mi dosis y la jeringa. Salió de allí, se instaló frente a un espejo y se inyectó. Sangró como un cerdo. Le importó un bledo. De eso estaba segura. Porque para sobrevivir tanto había que tener una contextura tan fuerte como la de Manu, el Ratero. Y ese no era mi caso…. En nuestra pandilla todo giraba- y cada vez con mayor intensidad- alrededor de la prostitución infantil y de los clientes.

Los muchachos tenían los mismos problemas que nosotras. Con el tiempo, el círculo de clientes se fue estrechando y lo que era nuevo para mí probablemente era conocido por Babsi o por Stella.

Había tipos que eran recomendables, otros menos y algunos que era preferible evitarlos. Una clasificación en la que las simpatías personales no contaban para nada. Nos dejaron de interesar las profesiones de los clientes, su situación familiar, etc.

El ''buen cliente'' era por ejemplo, aquel que sentía pavor por las enfermedades venéreas y andaba con preservativos. Como se drogaban, les causaba temor ir al médico para que las revisara y continuaban trabajando como si nada pasara.

El ''buen cliente'' también era el tipo que solicitaba que se lo chuparan y punto. Eso evitaba estar durante horas discutiendo las condiciones.

De vez en cuando nos invitaba a cenar. Había que evitar a aquellos patudos que no respetaban los convenios y una vez en el hotel, intentaban extorsionar con amenazas o requerir servicios suplementarios ofreciendo a cambio sólo bellas palabras.

El pretexto era que no habían quedado satisfechos. Apenas me di cuenta. Invierno o verano, Navidad o Año Nuevo, para mí todos los días eran iguales. Me regalaron dinero para Navidad lo que me permitió hacerme uno o dos clientes de menos.

De todos modos, en el período de fiestas no había casi nadie. Pasé algunas semanas totalmente encerrada. Poco antes, le habían sometido a su primer aborto, "un raspado sin anestesia, una brutalidad". La voz le tiembla. Con 15 años, escapó. También intentó escapar, pero en , poco después de la llegada de la dictadura, la acusaron de ser un "correo extremista". Pasó año y medio "casi desaparecida". Un día, en , su hijo le envió un mensaje. Vivía en Suiza le habían separado de él de pequeño.

Allí comenzó su nueva vida de luchadora.

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La economía feminista vista desde América Latina. Un día ganó doscientos marcos en una hora y trabajó con cinco clientes. En fin, llegamos a acumular tanta agresividad que llegamos a un punto en el que no nos podíamos dominar, ni tampoco entre nosotros. Al menos, la heroína, Pero nos atiborramos de Valeron, Valiums. La prostitución es un trabajo tan digno prostitutas infantiles putas forzadas otro cualquiera. Por cierto, nuestros cuerpos habían expulsado el veneno. Infestamos todo el cuarto. No pensaba en nada, no me daba cuenta de nada. Tu en vez de abolir la esclavitud hubieras prohibido trabajar el campo. Cuando le propuse eso a Christianne me dijo: Hoy seré yo la que comience. Has oído hablar del colectivo Hetaira? Desde entonces, no se atrevió a regresar a su casa.

Después, a la que menos clientes ha tenido ese día, le pegan en presencia del resto. Es su forma de adoctrinarlas y atemorizarlas. Tiene otras formas de generar dinero con las mujeres: En el caso de las bodas forzadas, las redes de trata con origen en Rumanía casan a las chicas con ciudadanos extranjeros fuera del espacio Schengen que quieren obtener la Tarjeta de Residencia de Familiares de Comunitarios.

Normalmente, los casamientos se producen con hombres de origen subsahariano, a los que les cobran en torno a Las mafias nigerianas, también muy vinculadas con la explotación sexual de mujeres, suelen casar a sus cabecillas con rumanas para que éstos puedan permanecer de forma regular en el país y moverse sin ataduras por Europa. Aunque ante la Justicia española las chicas se casan de forma voluntaria, en realidad lo hacen bajo coacción de la red que las trajo a España.

Lo lógico es que no vuelvan nunca a tener contacto con sus supuestos maridos. Por otro lado, las mafias rumanas han conducido el negocio de la prostitución desde los clubes de alterne hasta pisos particulares. En ellos, encierran a una o varias chicas y las prostituyen. Suelen tener entre 14 y 20 años. A la rumana María nombre ficticio la trajeron a España siendo menor de edad.

Su padre había muerto poco tiempo antes. Su madre, incapaz de mantenerla por sí sola, la entregó a una mafia a cambio de 5. Aunque su hija pensó que trabajaría en tareas agrícolas y del hogar, la realidad que le esperaba era bien distinta. Cuatro miembros de un clan de su país comenzaron a prostituirla en un bar de un pueblo de 2.

A su llegada a España la organización mafiosa instaló a María en una vivienda en la que una mujer la controlaba las 24 horas del día. Sólo salía para complacer los deseos sexuales de sus clientes. Si se negaba, le daban una paliza y la drogaban.

A su vez, uno de los miembros de ese clan, con el que la casaron a la fuerza, la violaba cuando quería. Grupo de prostitutas en las calles de Madrid. Tras la enésima agresión, decidió denunciar. Poco antes, a punto estuvo de pasar a manos de otros mafiosos rumanos a cambio de 2.

Sin embargo, su venta se frustró por discrepancias en el precio. Hoy María trata de rehacer su vida con la ayuda de una ONG. Algunas realizan hasta 40 trabajos por jornada.

Una vez entran, les es muy complicado salir de un piso como estos. Esta ONG tiene ubicadas las ciudades de origen de las chicas que ayuda a reintroducirse en la sociedad. Son en torno a una veintena. Aunque el método tradicional de las mafias para captar a jóvenes que después acaban siendo prostituidas es a través de contratos falsos de trabajo, la Policía Nacional y la Fiscalía Especial de Extranjería han detectado un nuevo método de atracción: Se trata de usar a chicos para seducir y enamorar a jóvenes de forma engañosa con el fin de persuadirlas para que viajen a España con ellos.

Una vez aquí, las mafias se hacen cargo de ellas para explotarlas sexualmente. Durante , la Fiscalía Especial de Extranjería atendió casos de mujeres rumanas explotadas sexualmente. Tres de ellas eran menores. El año pasado se registraron 24 sentencias condenatorias por trata de seres humanos a manos de las mafias de este país del este de Europa. De esta forma, se metía entre rejas definitivamente al considerado mayor capo de la prostitución rumana en Europa.

Ioan Clamparu, alias Cabeza de Cerdo, era el mayor proxeneta de Europa. Gracias al testimonio de varias víctimas, se le juzgó culpable de los delitos de determinación a la prostitución, por obligar a una menor a prostituirse y por ser el autor de un delito de aborto. Durante las distintas sesiones del juicio, las víctimas que se atrevieron a testificar en su contra relataron que a las chivatas se les cosía la boca con alambres, que una mujer atada a una palmera fue devorada por perros, que se las palizas que les propinaban provocaban abortos o que, al poco de perder a sus bebés, las obligaba a volver al trabajo con algodones en la vagina.

Pese a que el gran tratante de mujeres se encuentra en prisión, las mafias rumanas siguen actuando en toda España. Concluyen que Madrid y el Levante español, desde Girona hasta la Costa del Sol, son territorio bajo su control. Francisco, el pirotécnico de la tonelada de explosivos que convirtió Tui en un campo de guerra. Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar su experiencia y nuestros servicios, analizando la navegación en nuestro Sitio Web. La tenía que utilizar la mañana siguiente para preparar mi dosis.

Después fui al baño por un vaso de agua para limpiar la jeringa. Al día siguiente todo sucedió como de costumbre. Mi madre me despertó a las siete menos cuarto.. Me quedé en cama aparentando no haberla escuchado. Regresó al cabo de cinco minutos. Me volvió a interrumpir. Yo contaba los minutos hasta las siete y cuarto para llegar a tiempo a clases. Saqué el pequeño sobre de papel de aluminio de mis jeans que estaban colocados a los pies de mi cama.

Hacía todo eso maquinalmente así como otros encendían el primer cigarrillo del día. De repente me quedé dormida y no llegué y no llegué hasta la segunda o tercera hora de clases.

Siempre llegaba retrasada cuando me inyectaba en casa. En esas oportunidades me veía obligada a zumbarme la heroína en un W. Eran particularmente sombríos y hediondos. Para colmo, los muros estaban llenos de hoyos y siempre habían sido tipos espiando, mirando a las chicas hacer pis. Siempre tuve miedo de que uno de ellos fuese a buscar un guardia para que vieran que solamente me iba a inyectar. Llevaba casi todos mis utensilios a clases.

Si nos retenían por alguna razón, por alguna actividad extra-escolar, por ejemplo, y no alcanzaba a regresar a la casa, tenía que inyectarme sobre la marcha. Entonces mi amiga Renée me sostenía la puerta. Ella estaba al corriente. Como la mayoría de mis compañeras de clases, creo.

Pero a éstas les daba lo mismo. Un toxicómano ya no causaba conmoción en Gropius. Me la pasé dormitando en todos los cursos que había tomado. A veces dormía de frentón, con los ojos cerrados y la cabeza encima del escritorio.

Cuando la dosis de la mañana resultaba ser muy fuerte, era incapaz de hablar. Los profesores debieron investigar lo que me estaba ocurriendo. Otros se conformaban con tratarme de tarada y me endosaban una sarta de ceros.

De todos modos, había tal cantidad de profesores que la mayoría de ellos se daban por satisfechos cuando retenían nuestros nombres.

Dejaron de interesarse por los deberes que yo debía realizar. En definitiva, dejé de hacerlos. Después que anunciaban el título, yo escribía: Y se los entregaba. Durante el resto de la clase me ponía a garabatear cualquier cosa.

La mayoría de los profesores estaban tan poco interesados en los cursos como yo. Eso pensaba, que ellos estaban atorados.. Después de aquel famoso domingo en la noche cuando pasé la prueba de fuego, después de un cierto tiempo, todo parecía funcionar como antes. Todos los días me encargaba de hacerle un discurso a Detlev para explicarle que lo que gané con la colecta no era nada, y que no podía sobrellevar sólo nuestras necesidades.

Detlev reaccionaba con verdaderos ataques de celos. Había adquirido cierta experiencia con los clientes y sabía que en medio de toda esa maraña de la estación Zoo había bisexuales. Y también había maricas que estaban dispuestos a hacerlo por primera vez con una mujer. Detlev quedó en escogerme a los clientes. Tenías que ser tipos que no deseaban tener relaciones sexuales y que no me tocarían.

Tipos que me pidieran que les hiciera cosas. Nosotros le pusimos ese sobrenombre. Era un cliente habitual de Detlev y yo lo conocía bastante. Me dije a mí misma que con golpearlo me desquitaría: Por su parte, Maxie- Max estaba encantada con la idea de que iba a estar con ellos.

Por el doble de la tarifa, naturalmente. Nos citamos para el lunes siguiente a las tres de la tarde, en la estación Zoo. Yo estaba retrasada para variar.

Max ya estaba allí. Como todos los adictos, era incapaz de llegar a la hora. Max y yo lo esperamos durante media hora. Ni rastros de Detlev. Yo estaba hecha un manojo de nervios. No cesaba de explicarme que hacía por lo menos diez años que no estaba con una mujer. Y vacilaba antes de pronunciar cada palabra. Siempre había tartamudeado pero ese día estaba inentendible.

Todo aquello me resultaba insoportable. Tenía que encontrar una salida. Por otra parte, lo sentía angustiado y me empecé a envalentonar. Terminé por decirle en forma muy audaz: Detlev nos tendió una trampa. Pero mantendremos el precio fijado: Balbuceó un ''si'' y giró sobre sus talones. Daba la impresión de que no tenía una pizca de voluntad. Lo cogí del brazo y lo conduje hacia nuestro destino.

Detlev me había contado la triste historia de Maxie-Max. Era obrero especializado, tenía alrededor de cuarenta años, y era oriundo de Hamburgo. Su madre había sido prostituta. De niño fue brutalmente golpeado.

Por su madre y por sus amigos, y también en las instituciones donde lo colocaban. Lo habían golpeado tanto por dentro y por fuera que nuca pudo hablar correctamente. Para colmo, necesitaba una paliza para alcanzar la plenitud sexual. Nos fuimos a su casa.

Le reclamé de inmediato la paga aunque el era un cliente habitual y no era necesario tomar tantas precauciones: Me entregó ciento cincuenta marcos y yo estaba muy orgullosa de haber logrado sacado toda esa plata de manera tan simple.

Tenía la impresión de no ser yo misma. Al comienzo, no lo golpeé muy fuerte. Pero el me suplico que le hiciera daño. Era repugnante y eso duró casi una hora. Cuando por fin se acabó, me puse la polera y me escapé corriendo.

Bajé las escaleras con gran velocidad. Después, le puse punto final a ese asunto. Sabía que estaba metida en la mierda y que sólo contaba conmigo misma. Me dirigí a la estación del Zoo. No le conté gran cosa. Sólo que estaba cansada porque había hecho toda la pega de Maxi-Max. Le mostré los ciento cuarenta marcos. El sacó otro billete de cien marcos del bolsillo de su jeans. Nos fuimos tomados del brazo a comprar un montón de heroína de calidad extra. Habíamos tenido una jornada sensacional.

De allí en adelante comencé a adquirir droga por mi cuenta. Tuve muchísimo éxito, podía elegir a mis clientes y dictar mis condiciones. Para todas las chicas de la estación del metro Zoo, aquellos eran los peores: Aquello lo hacía solamente con Detlev. Yo trabajaba con la mano y por consiguiente utilizaba el estilo ''a la francesa''.

Para mí no era tan terrible cuando era yo la que tenía que hacerle alguna ''gracia'' a los tipos, pero no ellos a mí. No quería, sobretodo, que me tocaran. Siempre traté de discutir las condiciones con anticipación. Tampoco hacía tratos con tipos que me disgustaban realmente. Encontrar un cliente adecuado, que aceptara todas mis exigencias me tomaba con frecuencia toda la tarde.

Pocas veces tuvimos la oportunidad de ser tan prósperos como el día que fui a la casa de Maxi-Max. Ibamos a su casa tanto juntos como separados. En el fondo, era un buen hombre que nos quería sinceramente a ambos. Pero se las arreglaba siempre para darnos cuarenta marcos, el valor de una dosis. En una ocasión le faltaba dinero para pagarme y rompió su alcancía en mi presencia pata juntar el resto que necesitaba.

Cuando estaba urgida, hacía un alto en su casa, le pedía un adelanto de veinte marcos. Cuando los tenía, me lo daba. Maxi-Max siempre preparaba algo especial para nosotros. Para mí, jugo de duraznos, mi bebida preferida Para Detlev, pudding de sémola- a él le fascinaba eso. Max los preparaba el mismo y los guardaba en el refrigerador.

Como sabía que a mí me gustaba comer algo después de mi trabajo, solía comprar un surtido de yogures Canon y chocolates. La flagelación pasó a convertirse en un asunto de pura rutina. Una vez resuelta aquella formalidad, comía, bebía y conversaba con nosotros. Estaba tan acostumbrado a nosotros, estaba tan contento con nosotros, que casi ya no tartamudeaba cuando estaba junto a Detlev y a mí. Lo primero que hacía al levantarse era comprar los diarios para saber si la lista de fallecidos por sobredosis había aumentado.

Había leído que un cierto Detlev W. Casi lloró de alegría cuando le dije que hacía poco rato que había dejado a mi Detlev, y que estaba vivo y coleando. Entonces me repitió por centésima vez que debíamos abandonar la heroína, que nos iba a terminar matando, que algo grave nos podría suceder a nosotros también.

Nuestras relaciones con Maxi-Max eran bastante peculiares. Se hacía pedazos por Detlev y por mí pero en aquel entonces no nos habíamos dado cuenta. En los meses siguientes fuimos la ruina de varios otros clientes. Nos dejaba su cama y dormía en el piso. De repente, se tropezó y cayó.

Llamamos a un médico. Max tenía conmoción cerebral. Debía permanecer dos semanas en cama. Al poco tiempo, perdió su trabajo. Nunca se había drogado, sólo había probado la droga y sin embargo, allí se encontraba totalmente destruido.

Destruido por los drogadictos. Nos suplicó que fuéramos a verlo, sólo a visitarlo. Pero el no podía pedirle ese a un adicto, la gentileza no es el fuerte de los toxicómanos.

De partida, no hacen nada en beneficio de su prójimo. Detlev le explicó todo eso a Maxi-Max, quién en el ínter tanto nos juró dar un montón de plata. Debe velar para que cada día sus cuentas funcionen en forma armónica. No se pueden dar créditos bajo el pretexto de simpatía o amistad. Al poco tiempo que debuté como prostituta pude gozar de la alegría que provocan los reencuentros.

Un día, mientras escuchaba a un cliente, vi a Babsi. Babsi, la fugitiva, la que después de pegarse una aspirada de heroína, había tenido que regresar a la casa de sus abuelos. Era tan increíblemente bueno volver a verse. Me di cuenta de inmediato que estaba atiborrada de heroína. Sus pupilas estaban del tamaño de una cabeza de alfiler. Pero estoy segura que cualquiera que no la conocía no habría soñado ni por un instante que aquella adorable muchacha era toxicómana. Babsi estaba muy calmada.

Me explicó que no tenía necesidad de prostituirse. Después subimos a la terraza. Sin embargo, Babsi no me dijo cómo había obtenido todo ese dinero de la droga.

Tenía que regresar entre las siete y las ocho de la noche y ni hablar de arrancarse de clases. Su abuela la vigilaba permanentemente. No me pude aguantar la curiosidad y le pregunté por el dinero y por la droga. Me voy a su casa en taxi. No me paga con dinero, solamente con heroína.

Lo visitan otras niñas y también les cancela directamente con droga. Voy a su casa por una hora. No nos acostamos, evidentemente. Eso no se transa. Me pide que me desvista, charlamos, de vez en cuando me toma unas fotos o me pide que le haga unos masajes''. El tipo se llamaba Henri. Había escuchado hablar de él. Babsi lo tenía todo. Tenía un montón de inyecciones, también. La mía estaba tan desgastada que me veía obligada a afilarla sobre el frotador de una caja de fósforos en cada pinchazo.

Babsi me prometió conseguirme tres repuestos completos. Algunos días después me encontré con Stella en el metro Zoo. Stella era la amiga de Babsi, Grandes abrazos. Por cierto, Stella también se drogaba. Ella no tuvo tanta suerte como Babsi. Su padre había muerto en un incendio hace tres años, su madre se había instalado en un bar con un amigo italiano y se había alcoholizado.

Stella siempre robaba dinero de la caja pero en una ocasión se le ocurrió robarle cincuenta marcos de la billetera al amigo de su madre y él se dio cuenta. Desde entonces, no se atrevió a regresar a su casa. Nos pusimos a conversar acerca de los clientes. Stella me relató una negra historia de Babsi, su mejor amiga. Dijo que representaba la decadencia total. Ese Henri era un tipo sucio, un viejo bonachón gordo y sudoroso.

Y Babsi se acostaba con él. Incluso no importaría partir con un extranjero… una manoseada de esas… OK En aquel momento me sentí consternada, no podía comprender porque Stella me estaba contando todo eso. Babsi me relató posteriormente que Henri había sido cliente exclusivo. Por eso ella conocía tan bien sus exigencias.

Después pasaría yo por la misma experiencia. Yo no permitiría verme continuamente asediada por esos sucios extranjeros. Stella trabajaba con los automovilistas, se prostituía al estilo de las toxicómanas de trece y catorce años que circulaban por la Kurfurstenstrasse.

Yo consideraba todo aquello espantoso: Le dije a Stella: Hay niñas que se prostituyen por veinte marcos. Dos clientes para una dosis. Pero si estuvimos de acuerdo en un punto: Babsi era realmente lo que botó la ola si se acostaba con ese asqueroso. Aquella discusión acerca de nuestra dignidad de putas la mantuvimos Babsi, Stella y yo a diario durante varios meses. Indudablemente, lo ideal no era estar obligada a prostituirse. Cuando nos volvimos a encontrar con Stella nos persuadimos de que era posible: Stella tenía experiencia al respecto.

Ella tuvo una idea genial. Nos enfilamos de inmediato a realizar la experiencia en una gran tienda, la Kadawe. Las clientas se encerraban en las cabinas privadas de los baños.

Generalmente sus carteras colgaban de la empuñadura de las puertas. Cuando terminaban, tardaban en abrocharse sus corsés, y por lo general, las carteras se resbalaban cuando trataban de abrir el picaporte. Había que aprovechar el momento para apoderarse de ellas. Stella y yo nos apostamos en los baños para damas de Kadewe. Pero cada vez que Stella anunciaba: Ella no podía trabajar sola y en consecuencia, hacían falta cuatro manos para arrasar con todas las carteras con la debida rapidez.

El resultado nos hizo desistir de la operación ''Toilettes'' para damas. Después de ese lamentable episodio, Stella y yo decidimos dedicarnos a la prostitución juntas.

En la estación Zoo se daban todas las condiciones. Teníamos un montón de ventajas. Por otra parte, encontrar clientes que aceptaban pagarles a dos chicas no era nada corriente. Había algunos que se atemorizaban: Como Henri le costeaba sus gastos, ella trabajaba para nosotras. Un día ganó doscientos marcos en una hora y trabajó con cinco clientes. Axel y Bernd aceptaron de inmediato a Babsi y a Stella en el grupo. Ahora éramos tres chicas y tres muchachos. Cuando salíamos a pasear siempre íbamos tomadas del brazo de los varones, y yo, del brazo de Detlev por supuesto.

Pero no pasaba nada entre las dos parejas. Eramos simplemente una pandilla espectacular. No estoy segura si existían amistadas tan hermosas como las que manteníamos con los muchachos de nuestra pandilla entre los jóvenes que no se drogaban.

La llegada de las otras niñas me creó problemas en mis relaciones con Detlev. Yo pasaba gran parte del tiempo con Stella y Babsi y eso no le agradaba. Lo hacía por mí misma, o con Babsi y Stella.

Detlev me acusó de acostarme con mis clientes. Mis relaciones con Detlev no eran ya el centro del universo. Lo amaba y lo amaría siempre, pero había dejado de depender de él. No tenía necesidad de que se preocupara en forma permanente de mí, ni tampoco que me aprovisionara de droga.

En el fondo, pasamos a convertirnos en una de esas parejas modernas como aquellas en las que sueñan los jóvenes: Al final de cuentas, nuestra amistad era una amistad entre toxicómanos. La heroína, la agitación con la que vivimos, la lucha diaria por el dinero y la heroína, el stress de nuestros hogares- había que ocultarse siempre, inventar nuevas mentiras, a nuestros padres, meter nuestros nervios en el refrigerador, en ocasiones.

En fin, llegamos a acumular tanta agresividad que llegamos a un punto en el que no nos podíamos dominar, ni tampoco entre nosotros. Con la que mejor me entendía era con Babsi: También nos poníamos portaligas negras con sus respectivas ligas. Eso enloquecía a todos los clientes, esas ligas y portaligas negras en nuestras figuras adolescentes. Poco antes de la Navidad del año , mi padre se fue de vacaciones y mi hermana se iba a quedar completamente sola. Me permitió ir a dormir a su departamento junto con Babsi.

Empezamos a tener líos a partir de la primera noche. A la mañana siguiente, Babsi y yo éramos nuevamente las mejores amigas del mundo. Babsi y yo decidimos no inyectarnos de inmediato, por el contrario, había que esperar el mayor tiempo posible. Una experiencia que se practicaba de vez en cuando pasaba a convertirse en un verdadero deporte. Como dos mocosas que saborean el placer previo a la entrega de regalos navideños.

Juró guardar solemnemente el secreto. A la mañana siguiente, Babsi fue a buscar un asunto para combinar el queso fresco. Para la ocasión escogió un embutido de fresas que la chiflaba.

Vivía casi exclusivamente de queso fresco. Mi alimentación tampoco era muy variada: Babsi preparó entonces su mezcolanza.

Parecía la celebración de un rito religioso: Después que Babsi y yo nos hubiésemos inyectado previamente, por supuesto. Babsi terminó de batir el queso fresco el que se terminó convirtiendo en una apetitosa masa cremosa. Pero nosotros no podíamos esperar. Le dijimos a mi hermana que pusiera la mesa particularmente bonita y nosotros corrimos a encerrarnos en el baño. La crisis de absteninencia ya se había apoderado de nosotras. Nos quedaba sólo una jeringa utilizable y yo declaré que me inyectaría en primer lugar.

Babsi se puso furiosa: Hoy seré yo la que comience. Aquello me sacó de quicio. Toda la vida te demoras una eternidad''. A esta buena mujercita le tomaba casi media hora inyectarse. Le costaba encontrar su vena. Y si no despegaba con el primer pinchazo, perdía los estribos, largaba la aguja por cualquier parte y se enervaba terriblemente.

Era todo una hazaña cuando lograba acertar a la primera. En esa época yo no tenía problemas de esa índole. O bien era Detlev el que me inyectaba- un privilegio que estaba reservado sólo para él- o bien yo ponía la aguja en el mismo sitio, en la cicatriz de mi brazo izquierdo. Eso funcionó durante un tiempo justo hasta que me agarré una hemorragia y mi piel se puso como cartón. Entonces yo también comencé a tener dificultades para inyectarme.

De todos modos, esa mañana gané el combate. Fue un pinchazo terrible: Sentí calor, mucho calor. Babsi se sentó en el bode de la bañera, hundió la jeringa en su brazo y así comenzó su show.

Se puso a aullar: Yo ya estaba bajo el efecto de la droga y me sentía bien. Me importó un pito lo que le sucedía a esa mocosa. Babsi salpicó sangre por todas partes y no lograba encontrar su vena. Pero como Babsi no la cortaba nunca con su cuento, tuve miedo que mi hermana se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo y terminé por seguirle la corriente.

Babsi por fin logró asestar el golpe. Se calmó de inmediato, limpió cuidadosamente la jeringa, secó las gotas de sangre sobre la bañera y el piso. Regresamos a la cocina y yo me aprestaba a paladear la crema de queso fresco.

Pero Babsi cogió la fuente, la rodeó con su brazo y se puso a darle el bajo. Lo hizo visiblemente forzada pero se comió la fuente entera. Se tomó justo el tiempo para decirme: Ambas nos habíamos hecho el propósito de pasarlo muy bien durante algunos días en el departamento de mi padre. Y, sin embargo, a partir de la primera mañana, ya se había armado la trifulca del siglo. Pero los que somos toxicómanos sabemos que a la larga, las cosas entre nosotros terminan así.

Lo mismo sucedió con nuestra pandilla. Y Detlev 54 para 1. La mayor tiempo yo terminaba estallando a sollozos.

Detlev estaba totalmente liquidado y nos poníamos a llorar juntos. Cuando uno de los dos estaba en crisis de abstinencia, uno no tenía inconveniente en reventar al otro.

Eso no variaba mucho. Lo que ocurría era que veíamos sucesivamente nuestra imagen decadente el uno en el otro, como en un espejo. Era terrible cuando uno se encontraba a si misma fea o viceversa y recurría al otro para que le dijese que no era para tanto…. Esa agresividad también se descargaba sobre personas desconocidas. El sólo mirar a algunas señoras en el andén del metro cargando sus bolsas con provisiones me sacaba de quicio.

Entonces entraba con una boquilla y un cigarrillo encendido dentro de un vagón para no fumadores. Aquello provocaba un tremendo revuelco en el vagón.

En otras ocasiones, sacudía brutalmente a las abuelas. La forma en la que me comportaba me exasperaba a mí misma también cuando Babsi y Stella cometían la misma maldad.

Pero ya no podría reprimirme. Me importaba un bledo lo que las otras personas podían pensar de mí. Cuando comencé a tener aquellas picazones atroces también con el roce de las ropas de vestir, bajo los ojos, etc. Entre los adictos ocurre que llega un momento en el que nada cobra importancia. Cuando se llega a ese estado, tampoco importa mucho pertenecer a una pandilla.

Conocía algunos de aquellos ''viejos toxicómanos'': Sentíamos una serie de sentimientos encontrados hacia ellos. Estos individualistas sin par nos impresionaban, les atribuíamos una fuerte personalidad. Pero sobretodos, a nosotros los jóvenes, nos inspiraban un miedo espantoso. Estos tipos no tenían ya la menor pizca de moral, ni piedad alguna por sus semejantes. Cuando estaban en estado de abstinencia eran capaces de matar a golpes a alguien para quitarles su ración de droga.

El peor de todos se llamaba Mana, el Ratero. Todo el mundo le decía así y honraba su sobrenombre. Cuando atrapaba a un revendedor lo cogía, le quitaba la droga, y se mandaba a cambiar. Nadie se atrevía a auto defenderse. Una vez lo vi. Yo venía de haberme encerrado en el WC para inyectarme, y de golpe vi que un tipo hacía saltar un tabique desde abajo y se me echó encima, literalmente.

Era Manu, el Ratero. Me habían contado que esa era su mejor movida. Se apostaba en las toilettes para damas, esperaba que viniera una chica a inyectarse. Como supe que no dudaría en golpearme, le di de inmediato mi dosis y la jeringa. Salió de allí, se instaló frente a un espejo y se inyectó. Sangró como un cerdo. Le importó un bledo. De eso estaba segura. Porque para sobrevivir tanto había que tener una contextura tan fuerte como la de Manu, el Ratero.

Y ese no era mi caso…. En nuestra pandilla todo giraba- y cada vez con mayor intensidad- alrededor de la prostitución infantil y de los clientes. Los muchachos tenían los mismos problemas que nosotras.

Con el tiempo, el círculo de clientes se fue estrechando y lo que era nuevo para mí probablemente era conocido por Babsi o por Stella. Había tipos que eran recomendables, otros menos y algunos que era preferible evitarlos.

Una clasificación en la que las simpatías personales no contaban para nada. Nos dejaron de interesar las profesiones de los clientes, su situación familiar, etc. El ''buen cliente'' era por ejemplo, aquel que sentía pavor por las enfermedades venéreas y andaba con preservativos. Como se drogaban, les causaba temor ir al médico para que las revisara y continuaban trabajando como si nada pasara. El ''buen cliente'' también era el tipo que solicitaba que se lo chuparan y punto.

Eso evitaba estar durante horas discutiendo las condiciones. De vez en cuando nos invitaba a cenar. Había que evitar a aquellos patudos que no respetaban los convenios y una vez en el hotel, intentaban extorsionar con amenazas o requerir servicios suplementarios ofreciendo a cambio sólo bellas palabras. El pretexto era que no habían quedado satisfechos. Apenas me di cuenta. Invierno o verano, Navidad o Año Nuevo, para mí todos los días eran iguales.

Me regalaron dinero para Navidad lo que me permitió hacerme uno o dos clientes de menos. De todos modos, en el período de fiestas no había casi nadie. Pasé algunas semanas totalmente encerrada.

No pensaba en nada, no me daba cuenta de nada. Estaba totalmente replegada dentro de mí misma porque ya no sabía quién era yo. En ocasiones, ni siquiera estaba consciente de que todavía estaba viva. Apenas recuerdo algunos acontecimientos de aquel período.

Por otra parte, ninguno de ellos valía mucho la pena de ser registrado. Hasta que algo trascendente sucedió a fines de Enero. Había regresado a casa de amanecida y me sentía bastante contenta.

Acostada en mi cama imaginaba que era una muchacha que regresaba de un baile. Comencé a sentirme feliz sólo cuando soñaba y cuando soñaba que tenía otra identidad.

Mi sueño favorito era imaginar que yo era una adolescente feliz, tan feliz como aquella muchacha que aparecía ilustrando la publicidad de la Coca-Cola. Al mediodía mi madre me despertó y me llevó el desayuno a la cama. Lo hacía siempre cuando yo estaba los domingos en casa.

Me forcé a tragar algunos bocados. Estaba en un estado calamitoso, había perdido las manijas y estaba totalmente resquebrajado. De vez en cuando lo rellenaba con mi ropa. Yo andaba tan volada que no se me había ocurrido comprarme uno nuevo. En casa nadie lo hacía. Como todos los días, me miré al espejo. Me devolvió la imagen de un rostro descompuesto, desfigurado.

Hacía mucho tiempo que no me reconocía en la imagen que me devolvía el espejo. Ese rostro no me pertenecía. Tampoco ese cuerpo esquelético. Por otra parte, tampoco sentía mi cuerpo. La heroína lo puso insensible al hambre, al dolor y también a la fiebre.

De pie, ante el espejo, me preparé un pinchazo. Lo estaba necesitando con todas mis fuerzas. Se trataba de un pinchazo especial porque tenía heroína gris - se le decía así a diferencia de la blanca - y era la que entonces se encontraba con frecuencia en el mercado.

La heroína particularmente impura era de color gris verdosa y provocaba un ''flash'' Placer violento y muy breve que se experimenta después de inyectarse en el organismo. Actuaba en el corazón y se debía colocar con sumo cuidado. Si la dosis era excesiva podía acabar con una de un solo paraguazo. Me hundí la aguja en la vena, aspiré, la sangre subió de inmediato.

En otras ocasiones yo filtraba la heroína gris pero esta tenía un montón de mugre. Y ocurrió lo siguiente: Podía suceder lo peor porque la aguja se tapó en el momento preciso. La sangre se podía coagular dentro de la jeringa y entonces no quedaba nada por hacer. En consecuencia, había que arrojar la dosis. Empujé con todas mis fuerzas para que esa porquería pasara por la aguja.

Pero la aguja se volvió a tapar. Me puse loca de rabia. Apelé a todas mis fuerzas. El pistón saltó y la sangre se salpicó. El piso del baño quedó cubierto de gotas de sangre. El ''flash'' fue demencial. Un calambre espantoso en la región cardiaca. Sujeté mi cabeza con las dos manos para impedir que estallara bajo el martilleo- parecía que alguien me estuviera golpeando por debajo.

Y de golpe, mi brazo izquierdo se paralizó. Cuando fui capaz de moverme, cogí unos Kleenex para limpiar las manchas de sangre las que estaban diseminadas sobre el lavatorio, el espejo y en los muros. Afortunadamente la pintura era al óleo y no me costó desmanchar. Mientras estaba preocupada de limpiar, mi madre golpeó la puerta.

Otra de tus manías, para variar…''. Ella me enervaba, importunarme justo en ese momento. Me puse a tiritar como un pavo. Con la prisa, olvidé las manchas de sangre y dejé el Kleenex teñido de rojo en el lavatorio. Abrí la puerta y mi madre entró como una tromba. No sospeché nada, pensé que tenía apuro para hacer pis. Apenas terminé de lanzar la primera bocanada cuando mi madre irrumpió en el cuarto. Se me abalanzó encima y me obligó a estirar los brazos. No me defendí realmente.

Mi madre vio la huella de la inyección que recién me había puesto. Cayó la jeringa, pegoteada con tabaco y una pila de pedazos de papel de aluminio. La heroína venía envuelta en esos papeles que me servían cuando estaba en crisis de abstención: Mi madre no necesitó mayores pruebas. Por otro lado, comprendió todo cuando entró al baño: Me puse a llorar, me sentí incapaz de proferir una palabra.

Salió de mi cuarto y escuché que hablaba con su amigo Klaus. Realmente quiero salirme de toda esta mierda. Voy a pedir una licencia para poder compartir contigo todo el proceso de abstinencia. Y comenzaremos a partir de hoy''. Pero todavía queda otra cosa. Yo no funciono sin Detlev. Lo necesito y el me necesita a mí. Lo hemos conversado a menudo''. Mi madre quedó estupefacta. Ella siempre lo había considerado un buen chico y estaba muy contenta de que tuviera un amigo tan educado.

Detlev no lo habría permitido. De ponto comencé a sentirme muy bien. Pero mi madre, por su cuenta, tenía treinta y siete años en el cuerpo y estaba verde. Pensé que de un minuto a otro iba a sufrir una crisis de nervios. El cuento de Detlev le provocó un segundo schock. Pero el golpe de gracia lo sufrió al enterarse que yo llevaba dos años metidos en ese boche y que ella nunca había visto ni presentido nada.

Comenzó a tener nuevas sospechas, quería saber cómo conseguía el dinero. Y de inmediato asoció dinero con prostitución infantil. Pero yo no tenía fuerzas para decirle la verdad. Siempre me encuentro con personas dispuestas a regalarme un par de marcos. También hago limpieza en departamentos de vez en cuando''. Mi madre no insistió.

Como de costumbre, tenía la apariencia de estar relativamente contenta de escuchar cómo yo apaciguaba sus temores. De todos modos, ella había tenido bastante por ese día y estaba exhausta. Sentí compasión por ella, me daba remordimientos verla en ese estado. Partimos de inmediato en busca de Detlev. No estaba en la estación Zoo. Tampoco adelantamos nada yendo a la casa de Axel y Bernd. En la noche fuimos a ver a su padre.

Los padres de Detlev también eran divorciados. Su padre era funcionario estatal. Hacía mucho tiempo que estaba al corriente de lo de Detlev. Mi madre le reprochó que no la hubiera advertido. El casi se puso a llorar. Era extraordinariamente duro tener un hijo que se drogaba y se prostituía. Señaló estar contento que mi madre hubiera tomado cartas en el asunto repetía sin detenerse: El padre de Detlev guardaba en una gaveta toda una colección de somníferos y tranquilizantes. Me los dio porque le dije que no teníamos Valeron y practicar una abstinencia sin hacer uso del Valeron era espantosa.

Llevé conmigo cuatro o cinco Mandrakes, un tubo de Menetrin y cincuenta Valiums del En el camino de regreso, me tomé un puñado de comprimidos en el metro porque sentía venir la crisis de abstención. Todo funcionó bastante bien y pasé buena noche. A la mañana del día siguiente, Detlev tocó a la puerta de nuestra casa. Creo que fue todo un acierto de su parte venir en ese estado, sin haberse inyectado previamente.

El sabía que yo no tenía drogas conmigo. Como yo, Detlev quería muy sinceramente, desintoxicarse de una vez por todas. Y estaba bastante contento con la idea de que había llegado el momento. Porque siempre llega el momento en el que uno recae y arrastra al otro consigo. Bueno, nosotros lo habíamos escuchado pero igual nos hicimos ilusiones de que resultaría. Y de todas maneras, nos resultaba impensable realizar algo de importancia sin la participación del otro.

Hablamos de cómo sería nuestra vida ''después''- en esos instantes lo veíamos todo color de rosa- y nos prometimos conservarnos bien, muy valientes para el día siguiente y los días venideros.

En la tarde se desencadenaron todos los demonios. Nos engullimos las pastillas a puñados rociadas con copiosos vasos repletos de vino. Pero aquello no sirvió de nada. De pronto, perdí el control de mis piernas. Sentí un peso enorme que las aplastaba. Pero ya no las dominaba. Entonces apoyé mis piernas contra el armario. Después que se adherían se soltaban de inmediato. Me puse a rodar por el piso pero mis pies permanecían de alguna manera, adheridos al armario.

Estaba empapada de sudor helado que me corría hasta dentro de los ojos. Tenía frío, temblaba y esa porquería de sudor olía asquerosamente. Debía ser aquel veneno que estaba eliminando a través de todo el cuerpo.

Tuve la sensación de estar viviendo un verdadero exorcismo. Para Detlev fue todavía peor. Temblaba de frío, se quitó su pulóver. Se sentó en mi lugar favorito en la esquina cerca de la ventana, pero parecía dispuesto a pelear. Sus piernas delgadas como fósforos no cesaban de ir y venir en forma muy agitada, sacudidas por terribles estremecimientos. Sin detenerse se secaba el sudor que le inundaba todo el cuerpo, se replegó en dos, se retorcía aullando de dolor.

Tenía calambres en el estómago. Detlev olía peor que yo. Infestamos todo el cuarto. Detlev se levantó, se arrastró hasta mi cuarto, se plantó delante del espejo, y dijo: No voy a poder resistirlo.

No supe qué responderle. No tenía fuerzas para decirle palabras de aliento. Intenté no pensar como él. Intenté concentrarme en una novela de terror. Después hojeé una revista: Tenía la boca y la garganta tremendamente secas porque mi boca estaba llena de saliva.

Y por tanto tenía mi boca repleta de saliva. Como no lograba tragarla, tosí. Tuve un acceso de tos que impedía detenerme. Y de repente, vomité. Y todo cayó encima de la alfombra. Una especie de espuma blanca- mi perro vomitaba así cuando se atiborraba de verduras. Mi madre se mantuvo en la sala cerca de nosotros casi todo el tiempo.

Cuando vino a vernos quedó totalmente desconcertada. Se la pasó corriendo al centro comercial para comprar cosas que no podíamos tragar. Finalmente acertó al comprar unos caramelos con extracto de malta y eso si dio resultado. Se calmó mi tos. Mi madre limpió el piso. Era adorable y yo ni siquiera podía decirle ''Gracias''. Como para apalear a un individuo normal por varios días.

Mi organismo entonces reaccionó. Eso denotaba mi alto grado de intoxicación.

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